Es un
refugio, un lugar en el que guarecerse de todas las cosas, de las bonitas y las
feas. Un escondite, un sofá calentito, una playa… Todo eso es el amor que no
existe. Un lugar al que aspirar, aunque no haya bancos que te den un maldito
préstamo, ni tengas alma que te avale. 1.590 días ahorrando para nada… pagando
peajes, pasando ganas de todo, capeando temporales… Y cada vez ese lugar parece
más lejano, más improbable, menos nítido, como si fuera disipándose con el
pasar de las horas. Como si fuera una mentira… Una ducha rápida, una caricia en
el hombro, una infusión templada… De fondo, la tele encendida dando las noticias
de las ocho y yo sintiendo que por fin estoy en casa. Todas cosas tan
inalcanzables que se me van borrando… Por eso cuando las luces se apagan y se
encienden las máquinas de humo no puedo detenerme. Efecto megatrón, ven a mí… Me
abandono a la música, a las luces parpadeantes y los chupitos de tequila. Que no
se acabe nunca la magia, la fantasía de todo lo que puede suceder. Que suenen
todas las canciones mientras volamos, mientras nos elevamos hasta lo más lejos,
hasta que se nos acabe el aire que respiramos. No volver a pisar tierra es lo
único que quiero. Quiero que esto no acabe nunca… Y de madrugada hay unos pocos
que siempre están fumando en la puerta, controlando quién entra y quién sale, y
el carrito de los perritos está vacío. Ya no queda nada para que amanezca y los
taxis se han extinguido en esta puta ciudad. Toca andar, andar esquivando las tormentas. De prisa,
de prisa, pero sin sitio a dónde llegar. Igual que los perros a los que ya no
les tiran palos que buscar, ni palos, ni pelotas, ni nada… Y te acuestas suplicando
que todo pase pronto, que mañana sea ya, que deje de dolerte el aire cada vez
que respiras… Pero no, eso no pasa.
Este amor ya no se toca, de Yuri.