La
tristeza me atraviesa. Es como si estuviera justo debajo de la piel y al más
mínimo estímulo me brotara por los todos poros. Como inundan las aguas las
tierras áridas o como la espuma va llenando el tambor de las lavadoras viejas. Su
manto lo va cubriendo todo y me quedo sin recetas para sonreír. A veces un
timbre que no suena, otras unos niños que juegan a la pelota en el patio. El detalle
que lo resquebraja todo. Y hay días que los puedo esquivar, pero no hoy. Hoy no…
Hoy se me amontonan las tristezas, las tengo atravesadas en la garganta y no me
dejan respirar. A mi alrededor ya no queda nadie. Ver series del 06 tampoco me
alivia. Ni siquiera Ben Bruckner. Siempre que aparecía él se me iluminaba un poco
la oscuridad. Sus ojos azules, pero hoy no. Todo lo contrario, me ha dado el
último empujón para caer en el aljibe de las pesadillas. Sin ganas de gritar,
solo de llorar. Como lo hacen los niños pequeños cuando no se cumplen sus
deseos o cuando se les cae el cucurucho de helado de mandarina. Se desparrama
en el suelo y lo ensucia todo. Y la mancha no se quita y al pisar todo está
pegajoso. Y no tengo fuerzas para tirar, para continuar. Solo busco un
colchón en el que descansar de tanta pena, en el que regodearme con los
sufrimientos y en el que terminar todo…
Tu nombre me sabe a yerba, de Marisol