Vuelo lejos, pero siempre vuelvo al nido... Me he levantado
dándole vueltas a la idea de hogar. Ese lugar seguro, refugio. Donde no hay
nada que nos pueda hacer daño. En el que ningún mal nos puede alcanzar. Me he
despertado pensando en el hogar, en ese lugar que se me ha esfumado entre los
dedos. En si esta cama me viene bien, si el sofá del salón es amigo o si el
baño es suficiente. Las sábanas ya no son, tampoco los yogures de la nevera, ni
las maletas apiladas a la entrada. Me he levantado pensando en que todo se ha
desvanecido. Que tal vez mañana tenga que irme a otra casa, a otro sitio… Que
ya nada es mío… Y que no me importa porque no tengo nada. Que no haya reina de
la casa, ni plantas en el balcón. Que tampoco estés tú. El horizonte se me
nubla, es como si no existiera. La barca va dando vueltas al estanque sin ir ni
llegar a ningún sitio. Y que esto no tenga sentido no tiene por qué ser algo
malo, dices en una entrevista… Tus manos hoy están más lejos que nunca,
Taltavull. No las llego a sentir. Y se me enfurruña el estómago. Echo manos del
abanico y lo agito para que me mueva algo el aire, para que me engañe, para que
me haga creer en la ilusión del frescor, de que puedo hacer algo para que las
cosas no sean como son. Para que se obre el milagro. Para que aparezcas, para
que esto no sea un inmenso erial. Para que no me duelan las costuras. ¿Y si el
hogar no existe? ¿Y si no hay ningún lugar en el que pueda refugiarme junto a
ti de la lluvia de agosto o de la calima de febrero? ¿Y si nunca nos llegamos a
conocer…? Y me quedo sin aire porque me da miedo pensar que todo lo sabido, que
todo lo pensado es un traje estrecho, que me hace rozaduras. Que a cada gesto
me hiere la piel. Que ese idilio imaginario no es para mí. Que tendré otras
cosas inservibles, pero no ésta. Que no hay sitio para mí… Me aprieta los muslos
y no puedo girar el cuello. Me lastima, trato de zafarme, pero no puedo. Ya no.
Y siento que el viento me lleva de un lado a otro sin ton ni son, como si fuera
unas hojas secas. Como ese barco sin puerto que nunca fondea en el estanque de
los vecinos…
El hombre que yo amo, de Myriam Hernández y Karol G
Pd. El título de esta entrada pertenece a la canción 'No hay tanto pan' de Silvia Pérez Cruz.