sábado, 17 de octubre de 2026

Los raros de tu barba

Y a pesar de todo, hay gente que me quiere. He vuelto a tu foto, Taltavull. Y me han vuelto a sorprender tus ojos, tan profundos, a veces tristes, otras curiosos. Tu media sonrisa, los raros de tu barba y tu piel tan nítida, tan nívea… clarividente, aunque no lo creas… Y se me agolpan en la cabeza todas las cosas que te tengo por decir. El lunes fue un día complicado, la cabeza me iba a explotar y tuve que tomarme un paracetamol. Estuve aguantando prácticamente toda la tarde, pero al final me rendí. La cabeza me iba a estallar. Supongo que porque al final las cosas son así, y no siempre el viento sopla a favor. Sabes, el martes estuve leyendo sobre la self-awareness. En como hay quienes disocian vivas. Creen ser mejores, estar por encima, aunque todo sea una ilusión. Y esa ilusión convierta nuestro paseo en un camino de espinas. El miércoles me corté al abrir una lata y lo hice todo mal. Todo lo que no había que hacer. No había nadie a mi alrededor a quién preguntarle por lo nocivo que puede llegar a ser el algodón. Mirando tu foto dudo de que se pueda ser más guapo. Aunque estés tan serio… Cobijarme hasta quedarme sin aliento en tu cuello, refugiarme y dejar que el mundo se nos caiga, que los truenos suenen a lo lejos y que el agua se lo lleve absolutamente todo. Y nada nos importará porque respiro tu aire, porque todo lo que nos ha pasado nos ha llevado a ese cine en el que posas para la cámara. Abrigarme con tu camiseta a cuadros y palparte bajo esa camiseta tan azul marino. Y de verdad que creo que no puedes estar-ser más guapo. Y tu foto hoy no me da tristeza porque esta semana me han querido, me han llenado de palabras bonitas, de las que te dan alegría. Y me da tanta rabia que no hayas estado aquí para poder contártelo todo, para que vieses como la tormenta se ha ido disipando poco a poco… Y ahora solo hay calma, solo tu foto y calma…
 
Se me va, de Bambino 

sábado, 10 de octubre de 2026

No hay pollo asado con papas fritas

La familia. Camiseta blanca. Tu cadena custodiándote el cuello, Taltavull. Siempre alegre. Tan distinto a mi mundo. Lejos. 2.200 kilómetros. Rodeado de gente, de personas que parece que te quieren. Que te arropan. Hay tanta distancia que las percepciones se me nublan. Y esa gente, satélites que te quieren. Hablas de tu padre. De tus cosas. No sé nada del resto. La familia. Las cosas que van encajando, las piezas del engranaje perfecto. La maquinaria está engrasada. La tuya. Aquí todo es diferente. La sequía lleva demasiados años bailando. No hay luces. Nadie toca el timbre. Los domingos no hay almuerzos. No hay pollo asado con papas fritas. Diez pasos, mi mundo. Las paredes achicándose. La gelatina cero por ciento me espera. Tus fotos en google. Tus fotos… Solo pixeles y algún video. Hay días en que no es suficiente. Otros sí. Te imagino tejiendo una vida mejor. Primero una manga, luego el cuello, que es lo más difícil, también la pretina. Cosiendo cada atardecer antes de que la luz sea insuficiente. Ponme la mano por debajo de la falda…
 
La falda, de Judeline 

domingo, 4 de octubre de 2026

Sed extensa

Sed. A veces, sed. Cuando a mitad de la noche el bochorno me despierta. Cuando la humedad se hace insoportable por las mañanas. Cuando no tengo nadie a quién decirle cómo ha ido el día… Sed cuando tus videos no son suficiente, ni tampoco tus fotos. Y eso que tu voz me sacia. Tu rapidez mental, tu forma de reír… Sed. Casi siempre, sed. Cuando respiro. Cuando la piel se me encrespa sin razón. Cuando el reloj no avanza y me parece que los días son irremediablemente interminables. Sed. Perpetuamente, sed. Qué lejos me queda abril. Sed a medianoche, sed de día y de noche; a todas horas, sed. Sed de ti. De tu idea, de tu compañía, de que me sostengas. Sed de entrega. Sed de capitular entre tus piernas, sometido a tus abrazos. Me arden las entrañas ante tu falta. Sed extensa. Cuando despierto en este otoño sin citas en el calendario. Cuando la modorra de las tres se va imponiendo y me resisto panza arriba. Cuando el cansancio de tanta tristeza me vence cada noche… Y, a pesar de todo, sed de Taltavull…
 
Guerriero, de Marco Megoni