Tengo
que dejar de escucharte, Ignasi Taltavull. No me viene bien. Por lo que sea,
pero no, no me termina de hacer bien. Descubrir con cada pista que a cada cosa
que dices me vas gustando un poco más. Como si no hubiera techo en esto que me
late. Cada risa, cada ocurrencia, cada requiebro… Perder el tiempo de setenta y
cinco en setenta y cinco minutos para terminar in albis. Mirando el techo
soñando con pajaritos preñados, ingenuo y crédulo cada vez que respiro pensando
en tu bigote. Tus silencios… Tu voz me envuelve como si fuera manta de
invierno, toalla en la playa o abrazo refugio. A salvo mientras ríes, mientras respiras…
Y estoy por borrar la lista de reproducción, pero en el último momento desisto.
Aunque el vacío de después sea extremo. Brutal, devastador. Me rindo a escucharte solo una
vez más. Este verano se me está haciendo eterno tan lejos de todos. Como si
fuera un punto de inflexión, temiendo que no haya vuelta atrás. Que todo lo que
está por venir no sea… Y te escucho disfrutón y yo también quiero. Necesito… Tengo
que dejar de escucharte, lo tengo que hacer, Taltavull. Este desierto está
acabando conmigo, me deja exhausto. Sin ganas de vivir… Me estoy apagando y no
sé cómo dar marcha atrás. Que todo sea como antes. Quizá también tenga que
dejar de escribirte, aunque eso signifique el final.
Corazón Congelado, de Pastora Soler y Camela