No estabas allí. Te busqué, pero no apareciste, Taltavull.
Llegamos pasada la medianoche, todavía no había comenzado el show. Quince euros
la broma. Escaleras hacia abajo y todo estaba lleno. Ni un milímetro libre. Comenzó
a sonar la música, todas menos las canciones de Don Omar. Lo de los baños con
las cortinas es una fantasía. Había luces y poco aire acondicionado. Todo daba mil
vueltas y me tocó tirar de abanico… A medida que iba pasando la noche el cardumen
se fue diluyendo. Todos me miraban, pero ninguno se animó a saltar la verja. Gibraltareña,
gibraltareña cruzaré la línea para besarte junto al peñón. Muchos, pero ninguno.
Como si estuviera en uno de esos estantes a los que Doña Paquita no llega. Un
trasto viejo en el altillo. Se mira, pero no se toca. Y las esperanzas se me
fueron difuminando… Al final terminé mirando tus fotos, las de google. Casi todas
con micrófono en la mano. Por qué esa cadenita en el cuello, Taltavull. Hay
dolores que la cerveza no cura. Da igual. Lo sé, pero escuece. Si estuvieses
aquí en qué equipo estarías tú, en el de los que no me ve pese a las bengalas o
en el otro… Prefiero no pensar en eso… Pero está ahí, como la caja de fósforos junto
a las velas. Está ahí carcomiéndome, achicando espacios… Vuelvo a tus manos, a
pensar que me susurrarás alineaciones de amor al cuello, que me apretarás el
abdomen contra ti, que no me dejarás libre… Y mientras pienso todo eso regreso
al espacio seguro, al sofá de casa y la mantita. A la pausa para lo tranquilo.
A las pequeñas cosas del día a día, la lista de la compra, el grifo que gotea,
la espátula de la vitro que ya no va… Taltavull… Y se apaga la música y se
encienden las luces. El local está prácticamente vacío. Las drags sin peluca y
en bermudas. Subo las escaleras solo y regreso a casa...
Ilúmina, de Soraya Arnelas