Hace calor, casi que todo parece un infierno. Arden
las ramas secas y las malas hierbas. Buscando los espejismos en mitad del
desierto. Huevos fritos sobre el piche. Y no sé si darle a seguir. ¿Qué puedo
perder? El ventilador no es suficiente para atenuar mi desazón, me pesa el
miedo a equivocarme. Como si tuviera quince, o dieciséis. Sigo en la casilla de
salida. A veces pienso en que todo apunta a que sí, pero y si todo es una
ilusión, ese agua del desierto que nunca brota. Agua de mar para un náufrago. Veneno.
Tal vez ya sea demasiado tarde. Intento aprender como camina mi corazón, me
precipito, me lanzo al vacío. Luego me vengo abajo por miedo, pero yo sigo
buscando. Busco-me, busco… Mañana no me deja respirar hoy. Me atraviesan todos
los pajaritos preñados. Y ninguno se posa en mi mano. Vuelan todos lejos. El sol
no les derrite las alas. Van a donde no les veo. Ojalá supiera qué hacer, ojalá
saber cómo hacer… Las cosas cotidianas del día a día, las mundanas: arreglar un
grifo que gotea, entender el borrador de hacienda, una tarta de grosellas… Quizá esta vida no sea para mí… Y pienso en la sal del agua del mar, en ese tatuaje que
te cubre todo el hombro, pienso, pienso todo el rato…
Caray, de Juan Gabriel