Es como si fuera un desierto. Un desierto lleno
de gente en el que nadie quiere bailar. Ya nadie desea, nadie anhela. Busco,
busco, busco… Busco y busco y las ansias me vencen. Derrotado, no hallo absolutamente
nada. Ando mirando un millón de caras, una tras otra, pero ninguna se detiene a
mi lado. Doy un par de pasos, son las tres, el sol me abrasa la nuca, todos
buscando sombra… Ni oasis, ni paraísos, no hay absolutamente nada. Los hombres
guapos se han ido. Los que salen en los calendarios, los de muslos robustos,
los que sonríen en la televisión. Todos se han marchado. Las calles son un
páramo maldito en que nadie canta. Ni músicos callejeros quedan, y me toca
girar como una peonza. Dar vueltas y vueltas hasta caer desfallecido. Como si
nada me importara, como si ya no estuviera vivo… Cruzo la mirada con tatuados,
con turistas neerlandeses, con chicas que buscan… pero nada me interesa. Como una
revista de septiembre del 23. Paso páginas sediento de paz, de serenidad, pero
solo hay tormenta. Tormenta y desierto. Y no puedo callarlo más… Quiero trepar
por las paredes, quedarme dolorido sin uñas, subirme al Plensa del TEA y lanzarme al
puto vacío. Quizá lo haga algún día, aunque no haya nadie para recoger los pedazos,
ni para barrer los restos o secar la sangre… Aunque ya no quede nada, aunque yo
también me convierta en desierto, en uno que solo es arena y sal, dunas y caramelos
de la vaca. Y vuelvo a las calles, a las miradas perdidas, a los hombres hetero
que no me dicen nada… Y también al estómago que se me hace vacío…
Lo siento mi amor, de Boye