domingo, 8 de marzo de 2026

Al margen de todos los márgenes

Se nos va la vida porque a Piti la han echado de casa. Su padre le ha dado dos guantazos por llevar pantis. No le gusta que sea una chica. Transicionará el próximo año si reúne la pasta. Se va a vivir con Sandrina, que lo ha dejado con Noe. Ella estaba con otra y se marcha justo el día en el que a San le han dicho que se va a quedar coja para toda la vida. En la mudanza nos ayuda Javi, que sigue currando en la tagliatella. Su jefe le pone los peores turnos porque es maricón. Hemos quedado para juntarnos el sábado. Picaremos algo y nos iremos a la Luna y tú. Cuando todo se vuelve oscuro solo nos queda la pandilla. Todos distintos, sin estirpe ni pedigrí. Bastardos luchando contra lo dura y perra que puede llegar a ser la vida. Mi vida. Al margen de todos los márgenes. Bailando hasta el amanecer. Librando cada batalla como si fuera la última. En la mierda, cada golpe, cada requiebro se magnifica. Y solo nos queda hacer comunidad, por muy pequeña que sea ésta. Ser de la manada.
 
No soy una señora, de Melissa 

domingo, 1 de marzo de 2026

No habrá ningún San Francisco

La luz parpadea. Lo hace sin cesar. Una y otra vez. La luz del techo parpadea y comienza a faltarme el aire. Uno, dos, tres… Uno, dos, tres,… Las sombras se reflejan en la pared y no quiero hacer nada. Se te estrecha la vida y casi que no puedes retorcerte para buscar una última corriente de aire. La luz parpadea, la del techo, y el mundo se te ha, se me ha detenido. Algunos recuerdos, algunos fogonazos te golpean. Y la falta de aire se va transformando en tristeza honda. En saber que las cosas no serán. Que no están hechas para ti. Que eres el descarte. Suena un piano. Tenemos una luz que falla en el techo, unas sombras que se van haciendo cada vez más grandes, un piano a lo lejos y la tristeza que va rellenando todos los huecos. Y yo en el centro, entre cuatro muros que se van haciendo más chicos. No veo dónde terminan los ladrillos. Y me da por pensar en todas esas cosas que no son: Ya no hay visitas al leroy merlin, ni al día. Tampoco hay restaurantes nuevos, ni viejos. No hay excursiones de sábado por la tarde, ni tardeo los domingos. ¿Qué hechas más de menos? Todo lo que no fue. Las caricias, las sonrisas, esa capacidad para ir construyendo el día a día. Una comida que te sale mal y no puedes comer. El lavamanos que se está atascando y no traga. Ir al chino a por cojines vino para que hagan juego con la mesilla de la tele. Tener algo que hacer, un plan los lunes. Que no haga falta rellenar la agenda. Haber ido a Japón o a Badajoz el último verano. Despertar las mañanas de domingo y ver por la ventana cómo comienza a salir el sol. Parece que la luz ya no parpadea. Vuelvo a respirar sin necesidad de contar hasta el infinito... Las cosas no son fáciles. Ya no escucho ni mis latidos, ni el piano. Todo es calma ahora, incluso las sombras se atemperan. Y estoy triste. Sé que no, que para mí no habrá ningún San Francisco… 
 
My San Francisco, de Emily Wells
 
Pd. La canción pertenece a la banda sonora original de la película Plainclothes (Incógnito) de 2025. 

domingo, 22 de febrero de 2026

Uniendo hilvanes

Hace un rato he tenido que volver a enhebrar la aguja, a plena luz del día y con mi vista agonizante. Lo he tenido que hacer, no me cabía otra... He estado un buen rato buscando hilo negro en el costurero de la mora, hilo negro que dicen que es más discreto y dura más, pero me he tenido que conformar con un blanco amarillento por el paso del tiempo. Se me deshacía entre los dedos. La vida se me ha vuelto a desconchar y no sé si hilvanándola de nuevo se me va a componer. Me siento como una de aquellas victorianas que se apañaban con el patchwork. Pero mis remiendos nunca paren algo mejor. Nunca. Solo mantienen la derrota un poco más, hasta que todo se venga debajo de una vez. Hasta que el final solo sea polvareda y recuerdo. No me he pinchado mientras cosía, solo fue un rato, diez, quince minutos. Pero el cansancio está siendo eterno. Ahora me cuesta respirar, me duelen los hombros y tengo las piernas y las muñecas hinchadas. Continúo en el remolino que no va a ninguna parte, que ni sube, ni baja, solo se mantiene en el aire… En ese aire que apenas puedo respirar porque me duele. Me duele porque me abre las costuras. Y casi no me quedan fuerzas para seguir tapando agujeros, para remendar una vida que se me rompe a tiras. Soy la sábana a punto de hacerse jirones… 
 
Inciso, de Pablo Alborán y Ana Belén