sábado, 11 de abril de 2026

Muslos abiertos

Sin alarmas. Sin avisos. Los dm han dejado de llegar. Nunca lo hicieron. Sin conexión. No hay datos… Fuera el viento arrea y el frío continúa, a mediados de abril. Dentro la música suena. Calienta los rincones. Arde en las comisuras. Me quema los dedos, que me vacían. Exhausto, sin apenas respiración. Comunistas de vacaciones. En el tercero han vuelto los pasos. La bebé parece un caballo al trote. Y trotando me quedo bien. Los muslos abiertos de dolor, inflaman el humedal que paren las sábanas. El incendio alcanza el nivel tres y ya no hay remedio: La piel, derretida de recuerdos.
 
Jetski, de Pedro Sampaio

viernes, 3 de abril de 2026

perros que no ladran

Chicos que pasean a sus perros a las siete de la tarde. Camiseta roja, chándal gris. Barba. Pantalón beige. Camisa de lino, con botones, un poco abierta. Tenis blancos, impolutos. Gafas de pasta. Bigote chevron y ojos perdidamente claros. Chicos que andan. Con correa, perros que nunca ladran. No veo sus botellas de agua ni desinfectante. Tampoco sus bolsas de plástico. No las veo porque se me sofocan las mejillas. Uno tras otro, deambulan sin fin. Ellos en el tiovivo y yo a ras de suelo. Dando vueltas, girando por esta vida llena de cosas. Viéndoles desde la barrera, tímida perdida. Algunos chuchos llevan collar isabelino. Un día vi a uno como el de los anuncios, un labrador. Los hay de todos los tamaños, grandes, chicos pero ninguno ladra. A veces marcan territorio. Tal vez, un día me toque a mí, a fuego o con nitrógeno. Una marca de dueño. De mercancía, de objeto. De deseo. De rodillas, entre el césped y la polvareda. Ya no quedan chicos que pasean por la rambla, ni tampoco perros. Son las ocho y tres. 
 
Hasta Jesús tuvo un mal día, de Ca7riel & Paco Amoroso 

domingo, 29 de marzo de 2026

Dominado, sometido, sumisa...

Cerró el libro y lo dejó tirado sobre las sábanas aburridas que poco cobijo le daban los días de invierno. No sabía cuánto tiempo había estado leyendo aquella historia de vidas ajenas. De vidas alejadas que se querían, que se deseaban, que estaban vivas. Y lo que le devolvía el espejo era cansancio y arrugas moribundas, exhaustas... ¿Qué había estado haciendo los últimos diez años? Apagó la luz y volvió al salón. Miró a su alrededor y todo lo que allí había le puso triste. Como si no pudiera escapar, como si la condena fuera permanente, como si no hubiera algo distinto al otro lado de la cristalera. Minutos antes había soñado ser Quebec. Aquel chico perfecto protagonista de más de cuatrocientas páginas. Se había imaginado con pecas leves y ánimo suficiente para bailar en una pista llena de gente. Capaz de volver a tocar y desear. Que suplicante pedía carne y que llegaba a la cumbre de rodillas. Dominado, sometido. Se pensó sumiso…  Pero su nombre era otro. Tenía demasiado vello en la zona pélvica y sus rodillas comenzaban a hacer sonar la alarma de peligro. Hubiera dado lo que no tenía por que dejara de estar nublado. Por gustarse un poco. Por solo escuchar canciones alegres… Miénteme con un beso, que parezca de amor. Necesito quererte, culpable o no… Pero sus días eran eternos y vacíos. Y volvió a aquel libro, de portada facilona, que le transportaba al horizonte como si su peso fuese el de una pluma. Otro mañana, otra casa, otra lotería. Abierto en canal, vulnerable y feliz. Y leyó hasta que el pecho se le colapsó de tristeza. Después le tocó al cansancio imponerse. Y en sueños supo que en ese mundo de palabras inventadas estaría solo, pero bien tratado. Solo pero afable, emocionado por las cosas bonitas y harto, colmado de llorar…
 
Un mundo feliz, de Rodrigo Cuevas y Massiel