Hace un rato he tenido que volver a enhebrar la
aguja, a plena luz del día y con mi vista agonizante. Lo he tenido que hacer,
no me cabía otra... He estado un buen rato buscando hilo negro en el costurero de
la mora, hilo negro que dicen que es más discreto y dura más, pero me he tenido
que conformar con un blanco amarillento por el paso del tiempo. Se me deshacía
entre los dedos. La vida se me ha vuelto a desconchar y no sé si hilvanándola de
nuevo se me va a componer. Me siento como una de aquellas victorianas que se
apañaban con el patchwork. Pero mis remiendos nunca paren algo mejor. Nunca. Solo
mantienen la derrota un poco más, hasta que todo se venga debajo de una vez. Hasta
que el final solo sea polvareda y recuerdo. No me he pinchado mientras cosía,
solo fue un rato, diez, quince minutos. Pero el cansancio está siendo eterno. Ahora
me cuesta respirar, me duelen los hombros y tengo las piernas y las muñecas
hinchadas. Continúo en el remolino que no va a ninguna parte, que ni sube, ni
baja, solo se mantiene en el aire… En ese aire que apenas puedo respirar porque
me duele. Me duele porque me abre las costuras. Y casi no me quedan fuerzas
para seguir tapando agujeros, para remendar una vida que se me rompe a tiras. Soy
la sábana a punto de hacerse jirones…
Inciso, de Pablo Alborán y Ana Belén
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