domingo, 1 de noviembre de 2026

Ternura radikal

El cuento se acabó... Volver a sentir el contacto. Que se te erice la espalda cuando una mano que no es la tuya va descendiendo segura rumbo al paraíso, Taltavull. Retorcerte al instante, zafarte sin saber muy bien por qué. Esa lengua que no es la tuya y saber que se te ha olvidado todo, todo lo que un día supiste. Falto de ternura, porque solo la ternura radical es la que nos va a salvar. Que la música suene, que casi que no se vea nada, todo a oscuras, la poesía... Todo da vueltas y la magia puede convertirse en real. Todos miran, todos buscan, persiguen, hambrientos, como una manada cualquiera. Con sus móviles, siempre dispuestos a la batalla campal. Y no pienso en tus manos, Taltavull, que no sé dónde andarán esta noche que no es noche. Tu pelo, mi laca. ¿Dónde estás? Me preguntan que dónde vivo y la palabra tenerife es la clave que me libera de toda responsabilidad, que me permite continuar bailando y pierdan interés. Cali, Nueva York, quizá ese calvo tan guapo sea español. El que es paisa, es paisa. Aunque sea de Ecuador porque Europa es mi centro y Barcelona, junto a ti, es donde quiero estar. Aunque Madrid sea donde soy, ya lo dije hace unos días: Madrid ese puerto de acogida que siempre te recibe y en el que puedes ejercer tu canariedad mayúscula. Y la manada, casi jauría en busca de caricias, me rodea, pero no me ve. O sí. Y pienso en la ternura que me provocan tus fotos de internet. Lo único que tengo de ti. La ternura es lo único que nos salvará. Lo único. Y por eso vuelvo a ellas en busca de una que sea radical, que nos atraviese. Y podría haber dejado que esa mano que me ha devuelto la vida, que me ha regresado a la piel de gallina y que no es la tuya llegara a destino, pero no, no lo hice…
 
La estrella se apagó, de Roberta Marrero