Cerró el
libro y lo dejó tirado sobre las sábanas aburridas que poco cobijo le daban los días de invierno. No
sabía cuánto tiempo había estado leyendo aquella historia de vidas ajenas. De vidas
alejadas que se querían, que se deseaban, que estaban vivas. Y lo que le
devolvía el espejo era cansancio y arrugas moribundas, exhaustas... ¿Qué había
estado haciendo los últimos diez años? Apagó la luz y volvió al salón. Miró a
su alrededor y todo lo que allí había le puso triste. Como si no pudiera
escapar, como si la condena fuera permanente, como si no hubiera algo distinto
al otro lado de la cristalera. Minutos antes había soñado ser Quebec. Aquel chico
perfecto protagonista de más de cuatrocientas páginas. Se había imaginado con
pecas leves y ánimo suficiente para bailar en una pista llena de gente. Capaz de
volver a tocar y desear. Que suplicante pedía carne y que llegaba a la cumbre de
rodillas. Dominado, sometido. Se pensó sumiso… Pero su nombre era otro. Tenía demasiado vello
en la zona pélvica y sus rodillas comenzaban a hacer sonar la alarma de peligro.
Hubiera dado lo que no tenía por que dejara de estar nublado. Por gustarse un poco.
Por solo escuchar canciones alegres… Miénteme con un beso, que parezca de amor.
Necesito quererte, culpable o no… Pero sus días eran eternos y vacíos. Y volvió
a aquel libro, de portada facilona, que le transportaba al horizonte como si su
peso fuese el de una pluma. Otro mañana, otra casa, otra lotería. Abierto en
canal, vulnerable y feliz. Y leyó hasta que el pecho se le colapsó de tristeza.
Después le tocó al cansancio imponerse. Y en sueños supo que en ese mundo de
palabras inventadas estaría solo, pero bien tratado. Solo pero afable,
emocionado por las cosas bonitas y harto, colmado de llorar…
Un mundo feliz, de Rodrigo Cuevas y Massiel
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