Anoche fue la del rechazo. Lo intentaba, pero tú
preferías a mi amigo. Y aún así no me fui, no hui. Me quedé allí, junto a ti,
Taltavull. Me acerqué y comencé a decirte cosas, aturullado por la noche. Reías
afable, pero tu claridad diáfana me resquebrajó. Tan duro, tan implacable… Solo
te dije cosas bonitas… Lo que quiero frente a lo que necesito. Lo que deseo y
no obtengo. Lo que pido, que suplico desde el yo, desde el ego. ¿Se puede
anhelar desde otros espacios, desde el alma? Luego, más tarde, cuando iban a cerrar, llegaste y comenzaste a
bailarme. Una luna incasable girando despacio, con la calma suficiente. Sin ser
consciente de que la batalla ya la tenías ganada desde antes de que comenzáramos
a jugar. Y la rendición-victoria llegó en aquel baño radical. Contigo en mi
boca, atragantándome de ti. Sin respirar, memorizando los azulejos y los mensajes
escritos en las paredes mientras consumabas. Sin piedad, arrasando con tus
dedos, confirmando que nunca más volverá a crecer la hierba…
Noche de copas, de María Conchita Alonso
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