La fuerza de las matemáticas. Recuerdos que se
desvanecen, esperando a que los tiempos cuadren, que sea el momento justo. El más
adecuado. Recuerdos que nunca existieron… La tortura, una vez más, del acierto,
del merecer, de lo adecuado. Y luego está la realidad, la de la colisión de los
mundos. Cuando lo otro es tan distinto, que duele. Que no llena los vacíos. Que
mientras lo plano, lo recto, lo gris no es suficiente no sé si podría soportar
los pozos de barro, donde los pasados pesan demasiado. Y este viaje es de ida y
vuelta. ¿Después de haber pisado charcos querrás estar conmigo, que siempre he
ido con botas de agua para no mojarme? Que mi currículo es inmaculado, con
dolores, claro, pero sin días en los infiernos. M'estic fent gran! dices en una
entrevista y pienso en esa apertura en canal que haces. Y pienso también que
quizá hayamos recorrido los mismos pasajes, aunque hayamos tomado decisiones
distintas. Siempre con esa amenaza del querer que nos quieran, que nos
reconozcan. Ser las llaves que siempre cojes del primer cajón de la mesilla de
noche. Las sombras ya no son suficientes. Del secundario queremos ir a un plano
secuencia. Que nada se detenga y que haya cámaras que se fijen en nosotras. Aunque
no sea siempre… Parece que hemos estado en los mismos refugios, aunque no
hayamos coincidido. 2.200 kilómetros, dice la IA, que nos separan. Y viajo cada
noche a tu regazo, a tus fotos y videos. Vuelo a ese mundo inventado, que no
existe, que no sé si sana o simplemente adormece sin impedir que avance la
carcoma. Tal vez mañana sea tarde, tal vez, Taltavull. Tarde para ver qué hay a
mi alrededor, en el edificio de la esquina o en ambulatorio. Puede que en la
tienda ya no vendan más fresas con yogurt...
Quién como tú, de Ana Gabriel
No hay comentarios:
Publicar un comentario