Esta red
no es segura. He vuelto a pensar en las líneas paralelas, en las que nunca se
cruzan, y en las perpendiculares. También en las remolonas, las que se van
trenzando y siempre están a punto de converger pero nunca lo hacen. Parece que
sí, pero no. Cuestión de egos. A veces somos eso, líneas, que vamos conformando
cuadrículas del tablero, que nos vamos moviendo como podemos y, de vez en
cuando, dibujamos alguna figura bonita. También están las espirales, las que
son de ida y las que lo son de vuelta. Depende de si son centrípetas o lo contrario.
Las centrífugas… Huir del centro. Alejarse como alma que lleva el viento, que
no el diablo, y no mirar hacia atrás. ¿Me iría a Madrid? ¿Me iría de aquí? ¿Seré
yo la mujer de Lot? Esa mujer sin nombre, culpable de desobedecer a los
ángeles. Siempre responsable de que las cosas malas se sucedan. Una tras otra. Tan
mala que ni siquiera se merece tener un nombre. Y terminar los días como una
estatua de sal que se desvanece con el paso del tiempo y la fuerza del viento. Algunos
días la piel me sabe a sal. Tenue. Ligera. ¿A qué sabrá tu piel los sábados por
la noche, taltavull? Los sábados porque es cuando siempre me acuerdo de ti.
¿Qué hubiera pasado si hubiera ido a por ti? A través del teléfono es
complicado. Cómo hacer que vieras toda esta devastación agonizante que me ha
ido conquistando poco a poco. Igual que la glucosa se come la vista o las
hormigas las migas de pan. Sin que nadie se dé cuenta. ¿Hubieras notado mi
temblor de voz? ¿Que los domingos dejo entrar, que sube la marea o que si tu
aliento no me alcanza pronto seré una de las personitas que ya no se puede
defender? Y los ladridos de un perro me devuelven al ahora, como lo hacen los
pitidos de las máquinas registradoras. Dibujan líneas imposibles.
Cuica, de Ptazeta y Quevedo
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