Nadie a los lados. Sentado en una de aquellas
butacas, esperando a que las luces se apagaran. Ellas con abanico, ellos con
vaquero. Todos conversando, entrando poco a poco en la sala y acomodándose con
esa naturalidad propia de quienes están en el mundo para vivirlo… Y cuando me quise dar
cuenta todo había acabado. En un pestañear... Allí estaban todas, con sus camisetas
negras de marca y talla M. Sus zapas de temporada, tan a la moda. Y yo tan
lejos de ellas, a pesar de estar en mitad del tumulto. Algunas de copa en la
mano, todas con planes para después. Qué difícil es estar entre la gente y no
poder traspasar la cuarta pared. Ojalá te diesen la mano para cruzar ese
puente, que te dejen entrar en sus mundos, tan diferentes al mío. Ninguno de
los misiles que zumbaban a mi alrededor impactó, fuego cruzado con otras dianas
que arrasar… Así que tocó el regreso, aunque no haya hogar al que volver. Cuando
quiere Santa Cruz puede ser un erial. Todo canícula y calima. Sin sombra en la
que cobijarme y sin que suenen canciones de amor. Y me refugio en esa idea
tonta del bigote taltavull, viendo sus videos en youtube. Como si la soledad
fuera de mentiras, como si todo estuviera bien. Como si no tuviera ganas de llorar
en todo el recorrido de la 921. El chico de detrás ve mis stories y no hago nada porque nada es de verdad. Las noches de los viernes pueden ser muy complicadas para las almas
frágiles. También para mí, cuando sé que tras la puerta no hay absolutamente
nada. Nada, salvo alguna promesa incumplida, los guantes de esquí y la linterna
del outlet. Nada importante. Ojalá sonara en la radio alguna canción de amor…
Lo que no se dice no existe y mientras todas vivían, estaba callada, en
silencio, en una cárcel cumpliendo una multa de 3.600 días. Se me escapó la
vida, y no supe pedir auxilio. Tenía la garganta incomunicada y ahora quizá sea
tarde para que te sientes a mi lado en el teatro, para que ocupes cualquiera de
las butacas vacías a mi alrededor…
Corpiño xeitoso, de Andres Do Barro
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