martes, 21 de marzo de 2017

Túnel sin final

Hay canciones alegres, que suenan triste y, al revés, tristes que suenan alegres. A veces las cosas no son lo que parecen. Hay días en los que llueve y no hace frío, y otros en los que el sol de invierno apenas calienta. Ayer todo volvió a las andadas, a que no haya sol, ni esperanza. Me enfado, pero nunca es suficiente, siempre quieres más. El cansancio, el mío, hace mella y dudo acerca de cuánto tiempo pueda aguantar. Noto como todo se tensa, como el aire que respiro no es suficiente. Necesito luz y también aire. Los días pasan y lo que se suponía un sendero repleto de flores se ha tornado en un túnel sin final. Lo único que me queda son las canciones, las tristes y también las otras, pero solo canciones... 

J'aicherché, de  Amir Haddad

viernes, 17 de marzo de 2017

#Jarabecontraelcancer

Dicen por ahí que mucha gente no quiere saber qué les deparará el futuro. Estoy con ellos, prefiero no saber. Que pase lo que tenga que pasar. Y ahí se me cuelan noticias complicadas, que te golpean dejándote sin aire: jarabe de palo.

Déjame vivir, de Jarabe de Palo.

Pd. El cáncer no lo es todo, hay más cosas en la vida...

martes, 14 de marzo de 2017

Diez despistadas



Toca hacer recuento de algunas canciones que han sonado por aquí. Tal vez, diez despistadas... Siempre está bien recordar.

In the aeroplane over the sea, de Neutral Milk Hotel
The most beautiful girl in the world, de Prince
Elephant gun, de Beirut
Pasos de cero, de Pablo Alborán
Coke white, starlight, de Mykki Blanco
Tengo un trato, de Vetusta Morla
Frenesí, de Guadalupe Pineda
Te echo de menos, de Elefantes
Couting, de Autre ne veut
Two, de The Antlers

viernes, 10 de marzo de 2017

Persona normal


Sentí un puñal helado en el centro del corazón. Miles de pequeños puñales. No pude abrir la boca. Apreté la mandíbula para no llorar. —La gente se muere. Es la cosa más natural del mundo. No hay por qué tenerle miedo —dijo, como si estuviera hablando del clima en el Pacífico.

Persona normal, de Benito Taibo


Either way, de Beta Radio.

Pd. A veces te tropiezas con libros tan bonitos que te hacen llorar. Bonito homenaje a los libros y a la vida... Lo mismo sucede con las canciones. Toca una, pero otra te encuentra...

martes, 7 de marzo de 2017

Maresía

Las olas rompen contra las rocas, hablan de mar de fondo. Mientras unos viven a mesa puesta, otros lo hacen golpeados constantemente por el oleaje del inclemente invierno. Ya no quedan palabras bonitas, solo el rugido del mar dándose de bruces contra la realidad; nunca a favor, siempre en contra. La maresía asciende sin contemplaciones devorándolo todo. Atrás deja su inconfundible olor. Para unos el mar es paz, para otros desasosiego porque nunca llueve a gusto de todos. Las olas rompen con furia a este lado del Atlántico, que debe ser el malo. Solo así se entiende que mientras todo está revuelto, su runrún sea lo único que a estas alturas me tranquiliza.

Couting, de Autre ne veut.

sábado, 4 de marzo de 2017

Wico


Wico había nacido en un mundo raro y ahora estaba sola. Podría haber nacido en un pueblo de Alabama o en una de esas calles tan transitadas de Belfast, transitadas por los antidisturbios, pero había visto la luz en un pueblo de montaña en una isla adormilada tras el «boom» turístico de mediados del siglo XX. Ella lo hizo un poco más tarde. Lo hizo a finales de los setenta, justo cuando la pobreza invitaba a no combinar bien los colores de sus trajes de niña buena. A su madre le gustaba vestirla con minifaldas de rayas y pulóveres de lana en verano y con camisillas y tirantes de pana en verano. Era lo que tocaba, aunque no se notaba demasiado ahí fue cuando comenzó la bifurcación entre ricos y pobres. Mientras Amaya estrenaba disfraz de rumbera, a ella le tocaba ir con su madre por las casas de las vecinas juntando retazos para vestirse no se sabe muy bien de qué. Pero eso no le importaba o sí. Nunca lo supo bien, porque pocos la veían. En su colegio, según don Eladio, el maestro, Jonás era el listo, Deivid había viajado a Londres, a Jonathan siempre le daban los mejores papeles para la función de teatro de fin de curso, Mayer era un gran deportista, Isidoro el más intrépido y Julián el más aplicado. Después, a lo lejos, estaban Marita, que sería una gran enfermera porque le gustaba cuidar a los más pequeños, Nancy que quería ser repostera y Bea «la tetona», cuya máxima ambición era ser madre. Y ella nunca aparecía en el listado de honores. ¡Cómo iba a hacerlo si le gustaba subirse a los árboles y jugar al balonvolea! También le gustaba estar en la calle a las dos de la tarde «al chorrete» de sol y hasta un día le dio una golpiza a Mayer por meterse con su hermano. Con ese currículo era fácil pasar inadvertida. Pero ella no lo sabía. Se pasó toda la infancia sintiéndose como desencajada, como si estuviese tras un cristal de esos que mientras te dejan ver el mundo no permiten, implacables, que te vean, iguales a los de las ruedas de reconocimiento en «Hill Street Blues». Aprendió a coser botones y a freír huevos. También a tender la ropa como las señoritas, pero todo aquello nunca fue suficiente. En el colegio seguían sin verla a la hora de elegir delegado o de decidir lugares para ir de excursión. No querían escucharla y su madre solo tenía ojos para Ricardito, que sería abogado algún día. Algunas noches Wico lloraba por la opresión en el pecho, pero la mayoría de las veces se rebelaba y echaba a correr. Podía ser tan veloz como el que más y, sin embargo, en el instituto no quisieron nunca crear un equipo de atletismo, solo fútbol y las chicas si querían entretenerse, a jugar al bádminton. Después le salieron pechos y Wico tuvo que dejar de correr. A su madre no le parecía bien esa manía suya de correr como los machos y tampoco estaba por la labor de comprarle un sostén deportivo. Si le compraba a Ricardito las botas de fútbol, no había dinero para sus caprichos de marimacho. Y el único refugio que le quedó, fue el de los libros. Primero los de la mojigata biblioteca del pueblo y, después, los del Instituto. Allí viajó a sitios menos ásperos y, aunque le costó, comenzó a comprender su mundo. Siguió rebelándose, pero en silencio y en su cuarto leyendo a J. D. Salinger o a Delibes. Allí lograba visibilizarse en igualdad. También supo que su vida no era diferente a la de la mayoría de chicas de su edad y descubrió que no siempre las mujeres en las novelas hablan del amor y de sus hombres. Que podía ser la protagonista, que debía serlo. Quizá por eso, Wico vive ahora en un mundo raro, el suyo, y está sola.

viernes, 3 de marzo de 2017

Nubes

Los días se suceden. Siempre esperando a que suceda algo; no tiene por qué ser algo excepcional. Solo algo que se salga de la norma, algo que nos ayude a continuar luchando. No podemos rendirnos, ya no. Después de todo lo que ha pasado, sería casi como un suicidio, tirar demasiadas cosas a la basura. No, eso no puede pasar. Debemos seguir mirando hacia el cielo, hacia las nubes...

GMF, de John Grant