martes, 25 de julio de 2017

Y, sin embargo, no es primavera...

Puede que sea verano o puede que no. Lo cierto es que hoy el cielo ha amanecido encapotado y, aunque hace frío, el viento se ha ido. Tal vez, ahora que me lees, tengas calor, pero lo cierto es que estas letras han nacido en pleno invierno. Justo, con las primeras nevadas de la temporada. Algunos aeropuertos han cerrado por baja visibilidad y todos se preparan para la tormenta. Dicen, que de esto se trata el invierno. Y yo echo de menos la primavera. Sí, los primeros rayos de sol, cuando comienzan a calentar la hierba… También la alegría con la que todo el mundo se despierta, aunque no hayas demasiadas razones para ello. Quizá los meses de abril y mayo sean los mejores. Quizá. Pero ahora es diciembre o julio, que nunca se sabe, y, sin embargo, no es primavera…


viernes, 21 de julio de 2017

Con eso basta

A veces no sabes qué decir. Ante una situación te quedas con la boca abierta y no encuentras cómo rebatir. Sabes que deberías decir algo, pero no te vienen los argumentos. Y, aunque eso pase, aunque no puedas convencer con discursos al resto, sabes que tienes razón. Es algo que sientes y con eso basta. Podrán decir misa, pero sabes que no te engañan, que estás en lo cierto…

martes, 18 de julio de 2017

No siempre se acierta

Aunque uno lo intenta, no siempre acierta. A veces es más fácil aconsejar al otro, recomendar y hasta juzgar al que está enfrente. Sí, eso es sencillo. Cada uno desde su atalaya. Lo verdaderamente complicado es estar en medio del meollo, sin saber qué hacer o sin poder pensar demasiado. Ahí solo toca tirar para delante y que sea lo que dios quiera…

Rumble and sway, de Jamie N commons

Pd. Vaya fecha... ¿será verano?

viernes, 14 de julio de 2017

Las peores puñaladas...

Nunca te fíes de nadie. Daniel, especialmente de la gente a la que admiras. Esos son los que te pegarán las peores puñaladas.

La sombra del viento, Carlos Ruíz Zafón.

martes, 11 de julio de 2017

El desorden que dejas

Observo su fragilidad, su estado anímico y mental. Y me siento egoísta, terriblemente egoísta, porque a pesar de su vulnerabilidad, a pesar de su dolor, solo puedo pensar en el mío. Solo puedo proyectarme en él. Así voy a estar yo cuando Germán ya no esté a mi lado. Me voy a convertir en esa persona, en alguien que va a necesitar mucho más de media hora por las mañanas para reordenar un mundo sin mi marido. Para ordenar el desorden que deja. Ay, Dios...

El desorden que dejas, de Carlos Montero

viernes, 7 de julio de 2017

Redimirnos...

La vida tiene estas cosas. A uno lo elevan a los altares por hacer lo que debía. Casi sin pretenderlo te colocan allí arriba, en todo lo alto. Y no sabes qué diablos hacer, porque, en el fondo, sabes que estás ahí de casualidad y que igual que te han subido pueden dejarte caer. Y mientras esto es así a otros da igual lo que hagan o merezcan, siempre estarán debajo, olvidados por todos. Que intentan sacar la cabeza, pues se la cortan sin contemplaciones. La vida tiene estas cosas, a veces alegre y divertida, otras injusta e impredecible. Y nos guste o no, no podemos hacer nada para cambiarla. Ni siquiera redimirnos…

Se me olvidó otra vez, versión de Falete.

Pd. Tal vez esta canción no sea la más oportuna, pero anoche me acompañó mientras dormía...

martes, 4 de julio de 2017

Soñaba con una rubia cargada de bolsas de papel



Yeray vivía en un bloque de diez pisos y en cada piso había cuatro viviendas. Era el bloque A, que estaba al lado del B, del C, del D y el E. Aquella zona había sido urbanizada hacía unos veinticinco años, justo cuando al nuevo alcalde le dio por limpiar la zona centro. Derivó a Los Mancos a cientos de familias afectadas por la aluminosis, que hacía estragos desde los años sesenta del siglo pasado. La excusa perfecta para que las barriadas desaparecieran sin hacerlo. Nadie se opuso al gueto: unos porque se quitaban de encima a gente de baja estofa y los otros porque tenían casa nueva. Yeray no sentía nada ante el alboroto, ante los follones o la suciedad. Los perros lo mordían todo y las niñas tiraban las cáscaras de pipas a la acera. No había barrenderos y a los chicos les daba por incendiar las papeleras. Eso era lo normal y quizá por eso soñaba con irse lejos, se veía en una casa en Seattle, Anchorage, Chicago, Victoria en la Columbia británica o el condado de Essex. Era de esas que se veían en las películas, como de madera, inmensamente grandes, con jardín y árboles a su alrededor. Los vecinos eran simpáticos y algún fin de semana le invitaban a hamburguesas. Entre semana iría al centro comercial y regresaría a casa en una rubia cargado de esas bolsas de papel...

Una excusa diferente, de Rusos blancos.