sábado, 28 de noviembre de 2020

Sin opinar

Había estado tanto tiempo sin decir nada, sin opinar, sin expresar lo que realmente sentía que creyó que ya nunca podría hacerlo, nunca más. Más que creerlo, tuvo la certeza de que así sería. Se lo dijo mirándose de frente al espejo del cuarto de baño, justo después de arrodillarse para rezar. Eso era lo único que calmaba esa sensación maldita de que todo se terminará. Y quería rebelarse, de verdad, quería hacerlo. Quería dejar de pensar en que lo negro se haría verdad, que pensar en que llegaría el milagro y que todo se terminaría por enderezar. ¿Por qué estás conmigo pudiendo estar con otra persona? ¿Por qué? Esas preguntas le taladraban el estómago, no quería responderlas y no lo haría. Silencio y caras feliz. Solo anhelaba que la música volviese a sonar, que sus pies bailasen y que las sonrisas dejasen de ser fingidas. Regresó al salón y empezó a organizar la cena...

Ahora, de Said Muti

Pd. Esta canción me ha acompañado tanto... Gracias, Said...

sábado, 25 de julio de 2020

Los que incordiaban se esfumaron

Los pequeños detalles de la vida me habían jugado una mala pasada. Ese día anduve enfurruñado toda la tarde, ya casi no recuerdo el por qué. Estaba ofuscado con la vida, también con el calor y con la gente. Pasaban a mi lado con sus vidas, exhibiéndolas alegres e impúdicos, pero les quería lejos. No me apetecía verlos. Y en esas estaba, escondido en una esquina de la ciudad. En esas estaba cuando la vida me golpeó en el estómago. Otra vez. Lo hizo otra vez con toda su fuerza. Y dejé de respirar. No pude, me quedé sostenido en el aire, con los ojos rebosantes, pero perdidos en la nada. En el aire, también dejé de tocar el suelo mientras a mi alrededor todo avanzaba a toda velocidad. Estático y dolorido, en medio del trajín y del bullicio. Los pequeños detalles de la vida que me incordiaban se esfumaron. Solo quedó la nada, el vacío tras el golpe. El vacío tras el golpe y todo dejó de importarme.

Aprendemos a nadar, de Viva Suecia.

sábado, 6 de junio de 2020

Los que no habían tenido tormenta en casa

No recuerdo nada de lo que pasó antes a la tormenta. Solo imágenes sueltas, pocos sonidos, casi ningún olor. Lo sé porque si me preguntas por cualquier cosa de 1987 fallaré. No sabré las respuestas. Esos 365 días se esfumaron, se volatilizaron. Abrí los ojos una mañana, todavía no había clareado, y oí a gente hablando en alto en el patio. Como si dieran gritos. No pasa nada, duerme, me dijo alguien en susurros, pero desde ese día nada fue igual. La tormenta se volvió nebulosa, como si el norte desapareciese de repente y ya no supiéramos más qué teníamos que hacer, a dónde ir. Nos convertimos en muebles que nadie sabía donde colocar. Todo lo de antes se esfumó en un abrir y cerrar de ojos. De lo de antes, lo único que tengo son recuerdos de otros, prestados. Por ellos sé que todo varió. Nunca los recuerdos fueron míos, porque no me dio tiempo a conservarlos, era demasiado pequeño. Tampoco tuve derecho a ellos, la tormenta era lo único que importó. Y traté de ser como los demás porque era lo que tocaba, igual que los que no habían tenido tormenta en casa, como los que se iban de vacaciones a la Meseta o les pagaban un campamento de verano un mes en Cardiff, pero sus miradas nunca me dejaron ser. Fui ese mal necesario que estaba a veces, esa estantería que nunca llegamos a tirar, pese a que hace años que ya no está en el salón principal de la casa. Nunca fui uno de ellos, parecían tan felices, ellos y también sus familias estructuradas. Y yo solo tenía ese silencio que queda después de la tormenta. Aunque no lo nombrara siempre estaba presente, absoluto, cubriendo todos los rincones, rellenando los huecos, asfixiándolo todo. Y lo que vino no fue culpa de la tormenta, pero no supimos como vivir después de ella. Tanto que no recuerdo nada de lo que pasó antes de los truenos y relámpagos. Nada antes de la lluvia. Todo fue su muerte, las lágrimas, el dolor, el luto.

Te vas y yo te dejo, de Joseles.

martes, 2 de junio de 2020

Nos han robado el destino

Nunca sabremos todo lo que nos ha robado la pandemia. Nunca lo sabremos. Jamás. Ese tiempo que no viviremos, esas risas que ya no disfrutaremos. Esa vida que se nos ha escapado. Quizá lo peor sea que nos ha regalado a manos llenas miedo. Eso sí que lo ha hecho, ha sido terriblemente generosa en oprimirnos el corazón. Mirando desde el balcón como nada sucede, como está todo detenido. Incapaces de vivir. Nos han robado el destino. Ese donde íbamos a ser felices, en el que todo se enderezaba. Sí, nos lo ha quitado la maldita pandemia, la alarma constante, todo lo invisible. Solo nos queda una opresión en el pecho, esa incapacidad de respirar con normalidad y la idea constante de que nos podemos esfumar en un segundo. Todo puede terminar rompiéndonos en mil pedazos. Eso es lo único que tenemos ahora, la constatación de que todo puede empeorar porque, al final, lo nuestro es eso, sufrir. Y hay segundos en los que nos rebelamos, que queremos volver a lo de antes, como si eso fuera posible, y esa imprudencia nos costará demasiado cara; no tendremos nada para abonar nuestra deuda, que será definitiva…

Precipicio al mar, de David Otero

domingo, 19 de abril de 2020

34,5º


Jueves número 5 de confinamiento. Llevaba unos días extraño, con los directos de instagram había perdido un poco el norte, así que no sabía muy bien en el día en que vivía. Lo único que sabía era que estaba nublado. Sí, nublado, allí y en abril, desde el confinamiento no había día sin nube. Debe, pensaba en las madrugadas, estar todo relacionado, igual que lo de las luces en el cielo por las noches o los sonidos hum de Sevilla o Barcelona. Le habían dicho que también se habían escuchado en El Coromoto.

Como de costumbre en las últimas cinco semanas, se despertaba sin necesidad de que sonara la alarma del móvil, se sobresaltaba hasta que comprobaba que era megatemprano, se relajaba y ya si eso se levantaba. Desayunó y como era jueves se preparó para ir al supermercado. Prefería ir temprano, costumbre adquirida con el paso de los años. 

Llegó pronto y no se lo podía creer: no había cola y se maldijo porque seguro que era porque la habían hecho por la otra puerta, esa que quedaba a tomar viento. Avanzó y vio como una doña de unos setenta o más entraba por la puerta de siempre, pero seguía sin haber cola. Se preguntó por lo que habría pasado y su intranquilidad se aceleraba a medida que se acercaba a la puerta. No había cola, continuaba sin creérselo y aceleró el paso ante el temor ingrávido de que justo cuando llegase le cerraran las puertas en sus narices. 

Un señor con carrito y mascarilla apareció por su derecha e instintivamente aceleró el paso. Vio su cara de extrañeza y sintió cierto alivio, esos minisegundos de duda fueron justo lo que necesitó para llegar primero de forma holgada. Se detuvo en seco en la puerta y el de seguridad le conminó a entrar. Le dijo que se parase a cierta distancia, desenfundó el termómetro, pensó estar en O.K. Corral, aunque sin pistola; y le disparó. 34 y medio, farfulló al tiempo que le ordenó que pillara unos guantes y que pasare porque estaba bien. En lo que se puso los guantes no pudo dejar de pensar en ese 34 y medio, le retumbaba en la cabeza y volvió a mirar incrédulo al de seguridad sin que se diera cuenta.

Intentó tranquilizarse, quizá, concluyó fuera por eso por lo que llevaba un par de días sintiéndose raro. Era la prueba que necesitaba. Quizá hubiese hecho bien dejándolo todo y yéndose al centro de salud que estaba al lado del súper, pero le pudo más la alegría de que no hubiera cola. Odiaba esperar cincuenta minutos en una cola donde la gente estaba todo el rato quejándose porque parecía que estábamos como cuando la guerra y las cartillas de racionamiento. 

Ya luego, entre que seguía sin haber lejía para ropa de color, ni de la normal tampoco, ni cotufas, alcohol de 96 ni calabaza el cuerpo le fue cogiendo calor. Y le vino a la cabeza aquello que dijo Candela Peña en La Resistencia de que la gente estaba muy equivocada con lo que pasaba en Canarias, que en las tiendas faltaban verduras normales como brócoli porque aquí en las huertas se cultiva piña tropical y plátanos. Y así nos va…

Huesos, de Dani Martín y Juanes.