viernes, 13 de mayo de 2011

Tejiendo un triste mantón

Y la niña fue tejiendo día y noche, sin descanso, una historia imaginaria. Con sus dedos, con sus miradas y con sus olores. Hasta el último detalle bordó. No se le escapaba ningún escondrijo. Lo había pensado todo, desde qué hacer los lunes por la mañana cuando el sol despunta entre las montañas del mar y hasta los agostos en los que la ciudad se queda como un páramo deshabitado. Ideó, ideó el cuento de amor a Urgente Pérez más bonito que jamás haya existido hasta que llegó la hora de convertir lo inventado en verdad. Fue un junio, cuando del invierno ya no quedaba ni el recuerdo. Urgente Pérez llegó con las manos manchadas de aceite y la gorra del taller, se apoyó a la sombra de un flamboyán y esperó su turno en la frutería La Traviesa. La niña lo 'escolumbró' pronto y se fue para él como alma que lleva al diablo o como caballo que se desboca al obtener la libertad. Soñaba con los fuegos artificiales de un sí, pero el muchacho sólo vio a una niña que había perdido el juicio prometiendo amor eterno a un desconocido, a él. Urgente Pérez se encogió de hombros y aguantó como mejor pudo las bromas y chanzas de Rita, la dependienta, que esta vez no le piropeó ni le ofreció amores urgentes en la trastienda, sino que soliviantada reía y reía. A la niña se la llevaron entre llantos cuatro malditos; arrastrándola por el piche caliente de las dos de la tarde hasta que una ambulancia tuvo a bien recoger sus restos. Sin razón, pérdida por completo. Así la describían sus médicos, pero ninguno sabía la causa de tanto mal. Nadie salvo ella, a la que no le quedó más remedio que seguir tejiendo y tejiendo en una torre aislada de marfil un triste mantón capaz de enjugar todas sus lágrimas de desamor.


Pdt. Tal vez haya demasiadas canciones bonitas... Hoy Supersubmarina con su 'XXI'

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