domingo, 1 de enero de 2023

Ya no venden escobas

Las persianas están bajadas. No entra la luz. Es uno de enero, pero hace sol. Como si fuera verano. No se ven nubes a lo lejos, tampoco cerca. Dentro comienza a imponerse la penumbra. En pocos minutos no se verá con claridad y habrá que encender la lámpara del salón. La que no alumbra casi nada porque uno de los bombillos está fundido y nadie lo ha cambiado. Se quedó ahí, acaparando polvo. Solo. Y a nadie le importa. Los días se suceden. Uno tras otro. Hace tiempo que nadie traspasa el portal, los goznes de la puerta chirrían por la inactividad. Los lunares me saben a soledad. Las arrugas de la cara, las de la frente y las que me franquean los ojos también. No es un sabor agradable, duele. He entreabierto la ventana, por si entra algo de aire. También tierra. Si esto fuera una gran ciudad habría hollín. Pero no lo es. Y tanto que no lo es. A veces se me olvida barrer. Creo que ya no venden escobas y por eso ahora todo es peor, más triste. No las fabrican y eso, irremediablemente, es algo que me fija la pena a la piel. Mi vida. Todo lo que veo. Es como si me rodeara una nube de dolor, que me acompaña allí a donde voy. Tiznada de aflicción y desconsuelo.
 
Vamos a olvidar, de Soleá Morente y La Casa Azul
 
 
Pd. Feliz 23.

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