martes, 30 de diciembre de 2025

La vida ya no me renta

¿Qué cosas hacen que merezca la pena vivir la vida? 
 
(silencio sordo) 
 
La vida triste. Me toca la vida triste. Los días se me confunden unos con otros, me quedo sin soles. Las nubes y los anillos en las manos me apagan el ánimo. Las gafas de sol han dejado de tener cristales y ya no tengo más excusas, tampoco respuestas a las preguntas de los filósofos en Instagram. Todo me cuesta por dos. Y es que hasta el aire me asfixia triste. Lo envuelve todo y me quedo sin respirar. Los colegios llenos de niños en el recreo. Las risas, sus risas a lo lejos, colándose por las ranuras de las ventanas. Los días son iguales, por eso, no los distingo. Hay un desfile de caras, pero ninguna se detiene a mi lado. Van con bolsas de papel, compras de última hora, y tatuajes en los gemelos. Tribales. Me gusta la falda negra emo. Demasiado coraje para una ciudad tan pacata. He dejado de llorar. No tengo lágrimas, resecas en mi pecho. Aprisionadas. Esto es la vida triste. Llena de noticias tontas. Desde hace unos días tengo las manos hinchadas y un poco púrpura. Los dedos, dormidos. Las rodillas en huelga, las vértebras han dicho basta. No quiero más. La vida ya no me renta.
 
Babieca!, de Guitarricadelafuente 
 
Pd. Feliz 2026 

sábado, 20 de diciembre de 2025

Expuesto al otro

Expuesto. Justo en ese lugar en el que el viento sopla desde todas las direcciones. La marquesina de poca lluvia me cobija. Y cuando el sol azuza no hay escapatoria. Así siento, totalmente desnudo, expuesto a las cosas de la vida cotidiana, como si alguien me hubiese puesto en situación de sufrir todo el daño y perjuicio. Sin defensa alguna. Desprotegido como un poste mal puesto, como un reloj apunto de agotarse o como el callao al final de todos los barrancos. Y esta exposición que en otro mercado me hubiera sido plenamente satisfactoria, hoy parece un dolor extremo. Mejor hubiera sido estar expuesto a conocer al otro, a disfrutar de las pitayas o descubriendo ese color tan extraño de los caquis de invierno. Esa vulnerabilidad deseada para que otro mundo entre en mí. Esa es la que anhelo. Y no esta otra que deja siempre un regusto en la boca de estar a los pies de los caballos… En mitad de una redacción donde todos piensan distinto. Comiendo con desconocidos y riéndoles chistes sin gracia. Sabiendo que el tiempo ya se ha agotado y que todo es cuestión de un golpe de mar. A merced del oleaje.
 
Lo que voy a mentir, de Xerach