viernes, 3 de abril de 2026

perros que no ladran

Chicos que pasean a sus perros a las siete de la tarde. Camiseta roja, chándal gris. Barba. Pantalón beige. Camisa de lino, con botones, un poco abierta. Tenis blancos, impolutos. Gafas de pasta. Bigote chevron y ojos perdidamente claros. Chicos que andan. Con correa, perros que nunca ladran. No veo sus botellas de agua ni desinfectante. Tampoco sus bolsas de plástico. No las veo porque se me sofocan las mejillas. Uno tras otro, deambulan sin fin. Ellos en el tiovivo y yo a ras de suelo. Dando vueltas, girando por esta vida llena de cosas. Viéndoles desde la barrera, tímida perdida. Algunos chuchos llevan collar isabelino. Un día vi a uno como el de los anuncios, un labrador. Los hay de todos los tamaños, grandes, chicos pero ninguno ladra. A veces marcan territorio. Tal vez, un día me toque a mí, a fuego o con nitrógeno. Una marca de dueño. De mercancía, de objeto. De deseo. De rodillas, entre el césped y la polvareda. Ya no quedan chicos que pasean por la rambla, ni tampoco perros. Son las ocho y tres. 
 
Hasta Jesús tuvo un mal día, de Ca7riel & Paco Amoroso 

domingo, 29 de marzo de 2026

Dominado, sometido, sumisa...

Cerró el libro y lo dejó tirado sobre las sábanas aburridas que poco cobijo le daban los días de invierno. No sabía cuánto tiempo había estado leyendo aquella historia de vidas ajenas. De vidas alejadas que se querían, que se deseaban, que estaban vivas. Y lo que le devolvía el espejo era cansancio y arrugas moribundas, exhaustas... ¿Qué había estado haciendo los últimos diez años? Apagó la luz y volvió al salón. Miró a su alrededor y todo lo que allí había le puso triste. Como si no pudiera escapar, como si la condena fuera permanente, como si no hubiera algo distinto al otro lado de la cristalera. Minutos antes había soñado ser Quebec. Aquel chico perfecto protagonista de más de cuatrocientas páginas. Se había imaginado con pecas leves y ánimo suficiente para bailar en una pista llena de gente. Capaz de volver a tocar y desear. Que suplicante pedía carne y que llegaba a la cumbre de rodillas. Dominado, sometido. Se pensó sumiso…  Pero su nombre era otro. Tenía demasiado vello en la zona pélvica y sus rodillas comenzaban a hacer sonar la alarma de peligro. Hubiera dado lo que no tenía por que dejara de estar nublado. Por gustarse un poco. Por solo escuchar canciones alegres… Miénteme con un beso, que parezca de amor. Necesito quererte, culpable o no… Pero sus días eran eternos y vacíos. Y volvió a aquel libro, de portada facilona, que le transportaba al horizonte como si su peso fuese el de una pluma. Otro mañana, otra casa, otra lotería. Abierto en canal, vulnerable y feliz. Y leyó hasta que el pecho se le colapsó de tristeza. Después le tocó al cansancio imponerse. Y en sueños supo que en ese mundo de palabras inventadas estaría solo, pero bien tratado. Solo pero afable, emocionado por las cosas bonitas y harto, colmado de llorar…
 
Un mundo feliz, de Rodrigo Cuevas y Massiel 

sábado, 14 de marzo de 2026

Hasta que nos exploten las siete trompetas

Alguien que me cuide. Después de tanto tiempo en el desierto, quizá eso sea lo único a lo que realmente ansío. Alguien que me acoja cada vez que el reloj del móvil marque las seis de la tarde, que me abrigue en su pecho y que no me deje respirar porque con su aire me es suficiente. Alguien que me cuide, tras tanto penar. Recuerdo despertar a media noche con los pulmones aprisionándome la vida, estando pendiente de las pastillas, de la comida, de la ropa limpia… Fui cayendo feliz en ese pozo del que no pude salir. Poniendo pañales, haciendo guisos y pasando la mopa… Después llegó la tormenta y naufragué en una casa vacía. Por el rellano había restos del naufragio. Las vecinas se escondían tras las mirillas y cuchicheaban a mis espaldas. Ay, mis espaldas tan solas, tan desvencijadas… Alguien que me cuide ahora, que llene mis paredes de cuadros, que limpie el polvo de los estantes y que entre para quedarse hasta que nos exploten las siete trompetas del apocalipsis. Que se quede dentro hasta que nos cansemos de volar a ras de suelo, olisqueándonos o hasta que se callen los niños que juegan cada sábado en el italiano de la calle trasera. Que me traiga espaguetis con panceta y nata porque soy vagabundo y dama no llega. Solo alguien que me cuide…
 
Porque te vas, de Laura Pausini 

domingo, 8 de marzo de 2026

Al margen de todos los márgenes

Se nos va la vida porque a Piti la han echado de casa. Su padre le ha dado dos guantazos por llevar pantis. No le gusta que sea una chica. Transicionará el próximo año si reúne la pasta. Se va a vivir con Sandrina, que lo ha dejado con Noe. Ella estaba con otra y se marcha justo el día en el que a San le han dicho que se va a quedar coja para toda la vida. En la mudanza nos ayuda Javi, que sigue currando en la tagliatella. Su jefe le pone los peores turnos porque es maricón. Hemos quedado para juntarnos el sábado. Picaremos algo y nos iremos a la Luna y tú. Cuando todo se vuelve oscuro solo nos queda la pandilla. Todos distintos, sin estirpe ni pedigrí. Bastardos luchando contra lo dura y perra que puede llegar a ser la vida. Mi vida. Al margen de todos los márgenes. Bailando hasta el amanecer. Librando cada batalla como si fuera la última. En la mierda, cada golpe, cada requiebro se magnifica. Y solo nos queda hacer comunidad, por muy pequeña que sea ésta. Ser de la manada.
 
No soy una señora, de Melissa