Chicos que pasean a sus perros a las siete de la
tarde. Camiseta roja, chándal gris. Barba. Pantalón beige. Camisa de lino, con
botones, un poco abierta. Tenis blancos, impolutos. Gafas de pasta. Bigote chevron
y ojos perdidamente claros. Chicos que andan. Con correa, perros que nunca
ladran. No veo sus botellas de agua ni desinfectante. Tampoco sus bolsas de
plástico. No las veo porque se me sofocan las mejillas. Uno tras otro,
deambulan sin fin. Ellos en el tiovivo y yo a ras de suelo. Dando vueltas,
girando por esta vida llena de cosas. Viéndoles desde la barrera, tímida
perdida. Algunos chuchos llevan collar isabelino. Un día vi a uno como el de
los anuncios, un labrador. Los hay de todos los tamaños, grandes, chicos pero
ninguno ladra. A veces marcan territorio. Tal vez, un día me toque a mí, a
fuego o con nitrógeno. Una marca de dueño. De mercancía, de objeto. De deseo. De
rodillas, entre el césped y la polvareda. Ya no quedan chicos que pasean por la rambla,
ni tampoco perros. Son las ocho y tres.
Hasta Jesús tuvo un mal día, de Ca7riel & Paco Amoroso
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